Angel "Java" Lopez en Blog

Publicado el 16 de Abril, 2006, 18:58

Ya en el artículo anterior Lo real y lo virtual, se plantearon varios de los puntos que trataremos ahora. Y de alguna forma, el planteo final de ese artículo, fue el mismo que el de Platón: ¿Qué es la realidad?

Gran pregunta, que está resonando desde milenios en el pensamiento humano. No ha habido una respuesta definitiva, ante tan importante cuestión. Examinemos acá, desde la perspectiva de alguien con mente inquieta, el tema de la realidad.

Desde el punto de vista del común de la gente, la pregunta no se plantea. La realidad está y punto. Pero al poco de ir explorando lo que entendemos por realidad, surgen algunos puntos menos claros. Tomemos como base un ejemplo del bueno de Bertrand Russel.

Ahora mismo, estoy escribiendo esto, apoyado sobre una mesa. Veo la mesa, veo las vetas de su madera, veo dos de sus cuatro patas, alguna vez ya vi las otras dos patas, presupongo que están ahí abajo, aunque no las veo. Extiendo la mano, y siento la madera, la presión que ejerce, su calor. Si me levanto bruscamente, puedo chocar mi pie desnudo (es de madrugada, me estoy despertando) contra una de las patas, y ver las estrellas, de una forma algo distinta a la vivencia que tuvieron Ptolomeo o Galileo. Pero si nos detenemos en qué es lo que me hace decir que la mesa existe, no es tan simple discernir la respuesta.

En principio, lo que queda claro, es que toda esa descripción de la mesa, está basada en datos sensibles: la luz que llega a mi vista, la presión que percibe mi tacto, si fuera otro objeto, hasta podrían participar otros sentidos de mi percepción de la mesa. Pero, acaso ¿la mesa existe? O, expresado de otra forma bastante diferente, ¿todos esos datos sensibles, corresponden a algo ahí afuera?

Si estuviera desayunando en un bar, como espero hacer dentro de unos momentos, estaría en otra mesa, sobre la que tendría otros datos. Otro color de madera, otra forma. Puede ser que sea cuadrada, aunque seguramente a mis sentidos llegará con su parte superior en forma de cuadrilátero, por efecto de la perspectiva. Podré decir que es de color marrón, aunque a mí me lleguen impresiones de distintos colores, debido a las diferencias de luz y reflejo en cada parte de la mesa. Pero tendré en este caso, otras corroboraciones: el mozo actuará de forma tal que reconoce la existencia de la mesa, y dejará mi preciado café doble, sobre la misma, como si él mismo también participara de la percepción de la mesa.

Entonces, recapacitemos: la mesa no es lo que percibo. Es algo más. Lo que percibo apenas es luz, presión. Ni siquiera la luz es la luz física, una onda electromagnética. Acá estamos hablando de la luz de mi vista: la sensación PROVOCADA por la onda, pero no la onda misma. Pero el manojo de sensaciones no es lo único que está. Hay un proceso posterior, interno, de mí mismo como observador, que ordena esos datos, y de alguna forma, construye el objeto mesa (no el concepto abstracto mesa, sino el objeto concreto esta mesa del bar). Aquí hay un proceso del observador (por favor, no confundir con la discusión del observador influye en lo observado, tan típica desde Heisenberg).

Claro, alguien podría reclamar: no hay mesa, sólo datos sensibles. Eso es lo que plantea un mundo virtual. Pero no veo que eso derribe nuestra separación entre datos sensibles y cosas embebidas en una realidad. Sólo nos alerta, y por primera vez en la historia humana, nos muestra y demuestra una forma de engañar casi completamente a nuestras sensaciones (donde ese "casi" se va haciendo más pequeño a medida que avanza la tecnología). Pero sin mundo virtual, alguien podría insistir: todo eso no existe, todo es plantado por una especie de dios o demonio, que está jugando con mi conciencia. Semejante grado de solipsismo (creo que así se llama), no puede ser derrotado, no puede ser demostrado como falso. Entonces, lo que nos salva es la concordancia entre nuestro modelo mental y lo que pensamos que está ahí afuera: ante tanto dato sensible, y más aún, ante tanto dato faltante (por ejemplo, no veo alguna pata de la mesa, no veo el edificio que está detrás de aquella pared), todo se comporta de la manera esperada: me levanto, rodeo la mesa y veo las patas; salgo a la vereda, camino unos metros, y ahí está el edificio vecino.

Es sabido que los datos de los sentidos pueden engañarnos. Pero también puede pasar que esos datos sean fidedignos, y ser mal interpretados. Todos hemos visto esos dibujos ambigüos, donde según nos concentremos en una forma  u otra, aparece el dibujo de una anciana, o de una joven mujer. O basta quedarse ante la representación en dos dimensiones de un cubo (sólo sus aristas, las caras transparentes), para tener dos formas de verlo, según cual de las caras la colocamos más cerca de nosotros.

Pero eso sólo muestra las limitaciones del mecanismo. Lo que creo que sucede, es que "hay algo ahí afuera", que produce las sensaciones. Incluso, algunas de esas sensaciones no son un atributo exclusivo de la mesa. La sensación de color, es, en realidad, una consecuencia de la existencia de luz física. Cambiemos la composición de esa luz, o apaguémosla por completa,  y otro será el color de la mesa, que ahora podrá quedar invisible (para mis ojos, no para mi pie que seguirá tropezando con ella).

Recapitulemos: hay algo ahí afuera, que interactúa con el resto del universo, por ejemplo, con la luz física que refleja, que al llegar a mis sentidos, produce sensaciones, que mediante mecanismos humanos, se transforman en el objeto mesa del bar (no estoy hablando aquí del concepto universal "mesa", o de la idea de mesa, sino de esta mesa en particular). Al principio de esa oración es donde está el gran salto de fe: hay algo ahí afuera. Esto no podemos demostrarlo: sólo podemos investigar qué es lo que hay ahí fuera.

Notemos que no digo que está la mesa. No hemos llegado a considerar aún qué es mesa y qué no es, o si es válido hablar de mesa. Hasta ahora, esperamos que haya allí un conjunto de átomos, agrupados en moléculas, que denominamos en nuestro mecanismo, el objeto mesa. En toda esta discusión, de alguna forma, se cuela el problema del conocimiento: al investigar la realidad, debemos plantearnos qué podemos conocer de la misma.

Creo que es hora, entonces, de hablar del mecanismo del observador. Durante generaciones, dijimos mesa, no átomos. El concepto de átomo, desde el punto de vista de la física moderna, es novísimo, en la historia humana. Entonces, ¿en qué consiste ese mecanismo, que nos da "mesa" tan fácil, y nos niega, nos escatima durante cientos de miles de años, el concepto "átomo"?

Algo he esbozado mi opinión, en un anterior artículo. Creo que ese mecanismo, que, al sumergirnos en el abanico de sensaciones que nos da la realidad de "ahí afuera", nos ordena esa panoplia de sensaciones, en un modelo de mesa, mozo, edificio y demás, es producto de la evolución. Cuando en la antigua Tierra, la vida aparece y explota, se produjeron dos estrategias principales para conseguir energía y materiales de supervivencia: apelar a la luz solar, y devorar a los que apelaban a la luz solar. En el caso de esta última, dos subestrategias predominaron: esperar que el alimento llegara solo, o viajar por el espacio, para conseguirlo. De nuevo, para la última, surgen dos ramas: vagar al azar, o dirigir el movimiento de alguna forma. He aquí que esto produjo alguna asimetría en los organismos: se especializaron en tener una parte "que va adelante" en este movimiento, y otras que producen el movimiento. Esa parte que "va adelante",   pronto se encontró con una boca (curiosamente, los primeros animales complejos, en lugar de aparato digestivo, tenían un canal abierto en su parte inferior, del cual la "boca" era apenas la "parte delantera"), y un ganglio nervioso que cada vez se fue especializando más y más en manejar el movimiento, y detectar alimento.

Podría seguir varios párrafos detallando el proceso. Pero lo que surge es: nuestra mente no es ingenua. Es el producto de la evolución. Los mecanismos que maneja, no son los mejores a primera intención para llegar a aprehender la realidad de ahí afuera. Son los adecuados para manejar lo importante en nuestra supervivencia. Hoy tenemos "mesa", porque ayer teníamos "leopardo", y nos convenía manejar "leopardo", más que ponernos a discriminar al "leopardo" en átomos, o ponernos a discutir si ese "leopardo" es el mismo que el de hace dos segundos (algunos átomos habrán abandonado su cuerpo, otros pasaron a ser parte). El mecanismo primario es conveniente. Pero no nos alerta sobre la existencia de paramecios, o corrientes magnéticas, o sobre la existencia de supercúmulos de galaxias en el cielo.

Acude en nuestro auxilio, la ciencia. Para entender realmente que hay más allá de lo que Platón diría es la "cosa sensible" (yo diría, es "la cosa" que nos importó por millones de años, para poder seguir vivos un día más), debemos seguir usando el mecanismo animal, que nos dispone las sensaciones en el espacio (¿cuán lejos estamos del leopardo?) y en un tiempo subjetivo, y apelar a un nuevo mecanismo que apareció hace un tiempo, la inteligencia (desarrollado nuevamente por conveniencia, excepto para los que creen que el ser humano es algo insuflado por un aliento divino, y entonces, esencialmente distinto de un animal, como al parecer pensaba Wallace, ante la consternación del propio Darwin).

Pero es la ciencia la que aporta un método. Es la ciencia la que veo como culminación del uso de la inteligencia. Esta es el último mecanismo. La ciencia es la forma de utilizarlo. Y la tecnología amplía nuestras sensaciones. Ahí tenemos el microscopio y el telescopio óptico. Tenemos el Hubble, y los radiotelescopios. Tenemos los aceleradores de partículas, y las sondas espaciales que nos acercan sensaciones de lugares que no hubiéramos soñado. Tenemos es el espectrómetro, sin el cual, hubiera tenido razón Comte en señalar que nunca podríamos conocer el material del que están  compuestas las estrellas.

Un botón de muestra: Galileo usando el telescopio. Con sólo ampliar las sensaciones, por ejemplo, descubriendo puntos de luz en la parte oscura de la luna, cerca del borde con la parte iluminada; usando su inteligencia, para proponer un modelo, imaginando que esas luces correspondian a cimas de montañas iluminadas; repitiendo observaciones, para determinar que esos puntos de luz seguían apareciendo en el mismo lugar; detallando la evolución de esos puntos de luz, que se convertían en parte de cadenas al parecer montañosas, al moverse hacia la parte iluminada por el sol; al apelar a la experiencia anterior, mostrando cómo el mismo fenómeno pasaba en las montañas de la Tierra. Bien, todo esto, la tecnología, las nuevas sensaciones, el mecanismo primario, la inteligencia, el método científico, el planteamiento de modelos, la constatación mediante la experiencia, y de alguna forma, la predicción de resultados en los datos sensibles de la realidad, en base al modelo imaginado, todo eso nos ha comenzado a develar más que el mecanismo primario que veníamos usando desde las sabanas de Africa.

¿Qué es la realidad? hoy es una pregunta que ha pasado a la ciencia. Claro, la filosofía todavía escarba, y bien, planteando problemas epistemológicos, criticando y viendo desde afuera el método, y eso es bueno. Pero la principal carga en la búsqueda de esa respuesta, por ahora, está en manos de la ciencia. Si hasta los mecanismos de la lógica ("o hay leopardo o no hay leopardo"), y quizás de la causalidad ("está el leopardo, me va a comer"), se ven conmovidos por examen de la física cuántica.

Agrego, algo insertada a fuerza, una metáfora, que imaginé hace ya tiempo, con reminiscencias de la caverna de Platón. Sea un cubo en el espacio, y una luz detrás del él. Proyecta una sombra sobre el piso, una sombra extraña, un polígono irregular. Los habitantes del piso, sólo conocen dos dimensiones, y para ellos el piso es el universo. Ven que en su universo, hay zonas claras y oscuras. Van descubriendo la medida. Miden ángulos y lados del polígono. No saben explicar su aparición. Y ahora, la luz se mueve, el polígono cambia, más desconcierto entre los planares. El problema último de su ciencia, de su teoría del todo, debería explicar la forma del polígono, sus ángulos y lados, y su evolución. Lo que para ellos es el ángulo A, para nosotros es la carga del electrón. Lo que para ellos es el largo de un lado b, para nosotros es la constante de estructura fina. Quizás nuestras constantes no sean tan constantes, como a ellos les cambian los ángulos, tal vez a nosotros nos cambien las constantes. Pero aún en los valores iniciales, y en el cambio, hay una relación oculta: todo es la sombra de un cubo según una luz. La ciencia física está tratando de encontrar el modelo que ligue todos los valores arbitrarios de nuestro universo, que explique su aparición y su valor. Vemos sólo la "sombra" del universo, no nos hemos dado cuenta aún, de cúal es el cubo, y dónde está la luz...

Vivimos tiempos interesantes.

Me voy a desayunar, espero encontrarme con la mesa de siempre, y no con un leopardo, escapado del zoológico de Buenos Aires, a unos cientos de metros de aquí.

Nos leemos!

Angel "Java" Lopez
http://www.ajlopez.com/