Angel "Java" Lopez en Blog

11 de Enero, 2007


Publicado el 11 de Enero, 2007, 9:57

Quisiera citar esta vez fragmentos de Bertrand Russell, de su excelente "Los problemas de la filosofía". En el segundo capítulo, "La existencia de la materia", discute si hay algo ahí afuera que corresponda a lo que percibimos por los sentidos.

No es lógicamente imposible la suposición de que toda la vida es un sueño, en el cual nosotros mismos creamos los objetos talcomo aparecen ante nosotros. Pero aunque esto no sea lógicamente imposible, no hay razón alguna para suponer que sea verdad; y es, de hecho, una hipótesis menos simple, considerada como un medio de dar cuenta de los hechos de nuestra propia vida, que la hipótesis del sentido común, según la cual hay realmente objetos independientes de nosotros, cuya acción sobre nosotros causa nuestras sensaciones.

Es fácil ver que se llega a una mayor simplicidad suponiendo que hay realmente objetos físicos. Si el gato aparece en un determinado momento en un lugar de la habitación y en otro momento en otro lugar, es natural suponer que se ha movido de un lugar a otro, pasando por una serie de posiciones intermedias. Pero si es un mero agregado de datos de los sentidos, no puede haber estado en lugar alguno cuando yo no lo miraba; así, tendremos que suponer que no existía durante el tiempo en que no lo miraba, sino que surge súbitamente en otro lugar. Si el gato existe lo mismo si lo veo que si no, podemos comprender por nuestra propia experiencia cómo se le despierta el hambre, entre una comida y la siguiente; pero si no existe cuando no lo miro, parece raro que el apetito aumente durante su no existencia lo mismo que durante su existencia. Y si el gato consiste únicamente en datos de los sentidos, no puede tener hambre, puesto que ningún hambre, salvo la mía, puede ser un dato de los sentidos para mí. Así, la conducta de los datos de los sentidos que representan para mí el gato, que parece perfectamente natural si la considero como expresión del hambre, parece enteramente inexplicable si la considero como un conjunto de meros movimientos y cambios de manchas de color, tan incapaz de tener hambre como un triángulo es incapaz de jugar al fútbol.

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El argumento que nos ha conducido a esta conclusión es, sin duda, menos sólido de lo que podríamos desear, pero eso es típico de muchos argumentos filosóficos, y, por consiguiente, vale la pena que consideremos brevemente su carácter general y su validez. Hemos hallado que todo conocimiento debe fundarse en nuestras creencias instintivas, y que si éstas son rechazadas, nada permanece. Pero, entre nuestras creencias instintivas algunas son más fuertes que otras, y muchas, por el hábito y la asociación, se han enredado con otras creencias que no son realmente instintivas, sino que se supone falsamente que forman parte de lo que creemos por instinto.

La filosofía debería exponernos la jerarquía de nuestras creencias instintivas, empezando por las que mantenemos de un modo más vigoroso y presentando cada una de ellas tan aislada y tan libre de adiciones superfluas como sea posible. Deberá ocuparse de mostrar que, en la forma en que son finalmente establecidas, nuestras creencias instintivas no se contraponen, sino que forman un sistema armonioso. No puede haber razón para rechazar una creencia instintiva, salvo si choca con otras; pero, si hallamos que se armonizan, el sistema entero se hace digno de ser aceptado. Es, sin duda, posible que todas o algunas de nuestras creencias nos engañen y, por consiguiente, todas deben ser miradas con un ligero elemento de duda. Pero no podemos tener razón para rechazar una creencia sino sobre el fundamento de otra creencia. De ahí que, al organizar nuestras creencias instintivas y sus consecuencias, al considerar cuál de entre ellas es más posible o si es necesario modificarla o abandonarla, podemos llegar, sobre la base de aceptar, como único dato aquello que instintivamente creemos, a una organización sistemática y ordenada de nuestro conocimiento. En ella subsiste la posibilidad del error, pero su probabilidad disminuye por las relaciones recíprocas de las partes y el examen crítico que ha precedido a la aquiescencia.

La filosofía, por lo menos, puede cumplir esta función. La mayoría de los filósofos, con razón o sin ella, creen que la filosofía puede hacer mucho más -que puede darnos el conocimiento, no asequible de otro modo, del universo como un todo y de la naturaleza de las realidad últimas-. Sea éste el caso o no, la función más modesta de que hemos hablado puede ser evidentemente realizada por la filosofía. Y esto basta, en efecto, para los que han empezado a dudar de la adecuación del sentido común, para justificar el trabajo arduo y difícil que llevan consigo los problemas filosóficos.

Interesante, vemos como la conveniencia de nuestras creencias instintivas se corresponde con cómo explica algo ahí afuera. Y cómo advierte sobre olvidarse de la posibilidad de error de esas creencias, aunque el error se reduce con las relaciones de consistencia, de alguna forma, de lo que "vemos" ahí afuera.

Nos leemos!

Angel "Java" Lopez
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Por ajlopez, en: Filosofía