Angel "Java" Lopez en Blog

Publicado el 17 de Abril, 2007, 0:00

Quisiera encarar en este artículo, el tema de la claridad de un texto, o más genéricamente, de cualquier mensaje. Lo incluyo en mi categoría filosofía, porque de alguna forma ha sido precedido por otros artículos donde defiendo la aspiración a la claridad en los textos filosóficos. Podría colocarlo en otra categoría, pero considero a la filosofía la actividad humana donde más oscuros textos he podido encontrar, cuando deberían ser más claros, debido a que todo texto filosófico trata de transmitir algo, al otro. Sin embargo, esta discusión se puede aplicar a todo texto que quiera transmitir conocimiento (no sentimiento, afectos, como sucede en el arte). Discutiremos qué es la claridad, y cuáles son las causas inmediatas de su desaparición, y las terribles consecuencias de esa ausencia. Aparecerán escuelas que tratan de destacar otras cualidades, como la síntesis: veamos cómo la búsqueda de esas características atenta con la claridad de un texto, la mayor parte de las veces.

En el párrago anterior, mencioné mensaje. Toda comunicación implica que alguien emite el mensaje, pero también presupone un receptor. Yo agregaría que el mensaje también debería, por lo menos, implicar que tiene algo aunque sea intersante a transmitir. La claridad de un mensaje, se revela en su efecto en el receptor: éste debe formarse un modelo de lo que estaba en la mente del autor, adecuado lo más posible a ese modelo original. El mensaje nos debe dar la experiencia de lo ausente: la representación de un concepto desde el punto de vista del autor. Si yo transmito "leopardo ahí tras el árbol", y el otro se representa "lindo gatito acá cerca", estamos en problemas.

Entonces, cuando vamos a escribir algo, debemos tener en cuenta la presencia del lector. Es muy común, más de lo esperable, olvidar ese factor: hay alguien que deberá decodificar el mensaje original. Me he topado con escritos, donde el autor no ha tomado en cuenta esa situación. Todos hemos leído algun texto, donde el autor acude a palabras, expresiones, pronombres, que refieren a algo, pero no queda claro para todos a qué se refería. Acá aparece uno de los principales enemigos de la claridad: la ambigüedad. La causa que veo a esto, es que el autor presupuso algo, escribió desde un contexto, que no se reproduce en el acto de recepción del mensaje. En estos días, es tan común encontrar esto en los emails, pero también es común encontrarlo en obras, libros, hechos y derechos.

Cuando alguien escribe "X es Y", dependiendo del discurso, el otro podría preguntar: a qué denominas X? qué propiedad es Y? Cuando alguien escribe "X es trascendente", o "X es inmanente", si es un profesional de la filosofía, podrá encontrarlo claro. Para quien no esté entrenado en toda la historia que subyace a esos dos términos, trascendente, inmanente, podrá parecerle inescrutable. O peor aún, podrá pretender entenderlo y, en realidad, tomar por un camino que no era el del mensaje original. De la ambigüedad surge su hija más terrible: la equivocada interpretación.

Si alguien cree que esto sucede raras veces, he visto en estos años tanta gente que ha interpretado mal a un autor, que he renunciado a coleccionar esos casos. Luego, el autor, se queja que no lo comprenden, o lo comprenden mal, cuando ha sido él mismo el generador de tal estado de cosas.

Me he encontrado por ahí, con defensores de la interpretación: un texto hay que interpretarlo, desde la experiencia de cada uno, eso nos enriquece, y demás. Claro, uno puede tomar un texto y sumarle la propia experiencia. Pero si el texto pretendía transmitir algo, sería un desperdicio del esfuerzo del autor, perdernos el sentido que éste le puso a su texto. Entendamos al autor, luego interpretemos, sumemos nuestra propia experiencia.

Creo que un autor debe intentar, aspirar, hacer un esfuerzo, por desterrar la ambigüedad, y alcanzar la claridad. Sino, su mensaje corre el riesgo de perderse, en el mar de interpretaciones a los que lo arrojarán los distintos lectores.

Que un texto sea claro, no significa que tenga que ser fácil. Tomemos un texto de matemáticas, un clásico, los Elementos de Euclides. No veo que sea un texto fácil, pero nadie tiene que interpretarlo. A la posteridad le ha quedado claro qué es lo que Euclides afirma en tal y tal párrafo. No hay que buscarle interpretaciones, más que a sutilezas de fundamento. El lector deberá aclarar algunos términos, pero la mayor parte se definen en el mismo texto.

Sin embargo, no siempre tenemos un discurso tan claro como el que le tocó al bueno de Euclides, la poco ambigüa geometría. Entonces, además de la claridad de exposición, a las definiciones detalladas, a la rigurosidad del encadenamiento lógico, deberemos sumarle, posiblemente, la ayuda del ejemplo.

Creo que fué Gotlob Frege, el lógico mátemático, quién pidió que una definición tuviera la propiedad operacional de darnos la capacidad de decidir si tal ente cumplía o no con la definición. Como una definición puede no estar expuesta de una forma clara y evidente para el posible receptor, aconsejaría el agregado de ejemplos y contraejemplos. El autor puede exponer casos que cumplan con la definición, y casos que no. Eso mejoraría cualquier presentación orientada a definiciones. Y disminuiría, intuyo, la ambigüedad original. Si un autor tiene que definir "idea", en su discurso, le pediría ejemplos de ideas, y ejemplos de lo que no considera idea. Si alguien cree que "idea" es algo entendible inmediatamente, lo invito a repasar la historia de la filosofía, desde Platón a Hume al siglo XX, para ver cómo cada autor puso como "idea" algo diferente a lo que expresan los demás autores.

He visto por ahí, alguna defensa de la síntesis. Un texto escueto, corto, al grano, parece ser preferido por esta escuela, antes que uno más detallado. La síntesis es interesante, pero puesta en solitario, podría atentar contra el entendimiento del lector. La supuesta fatiga de un texto largo, ahorrado con lo breve de un texto presentado, volvería a aparecer, como fatiga, cuando el lector no pueda entender qué se quiso expresar en tal síntesis. O peor de los peores, la fatiga desaparece, pero el lector entiende cualquier otra cosa. La síntesis debería ser un preludio, o un escolio, un prólogo, o un epílogo, a una presentación. Nadie quiere de un "paper" solo el "abstract". Es siempre interesante compartir el desarrollo, el planteo, el nudo, el desenlace. El resumen podrá servirnos, como lectores, para decidir si debemos seguir adelante o no con el texto presentado.

Supongamos que los he convencido de las cualidades de la claridad. Pero se resisten a incluir algunas de estas recomendaciones para facilitar el trabajo al lector: aducen que si el lector se ve en dificultades, luego pedirá aclaraciones. Esto se puede aplicar tanto a un email, a un artículo en un blog, a un artículo en un diario, o a un libro. Debo señalar algunos puntos, que atenuarán la predilección por esta vertiente.

En principio, no veo porqué no prever ese pedido de aclaraciones. La claridad es la gentileza del sabio, debemos poner a disposición del receptor, las facilidades posibles para que el mensaje sea entendible, dentro de las limitaciones de la comunicación humana.

Luego, puede haber múltiples lectores. Por qué someter a gran parte de ese conjunto, al pedido de aclaraciones? No será más gentil y eficiente, nuevamente, prever esas aclaraciones?

Admitamos también, que habrá lectores, que sin esas aclaraciones, es posible que entiendan mal el mensaje. Sólo algunos ejercen el don de detectar las ambigüedades: por experiencia, creo que la mayoría de nosotros interpreta a su manera, en su contexto, y lo más problable, que sin pistas adicionales, en forma de ejemplos o aclaraciones, se caiga en la mal interpretación. Así como es común que el emisor se olvide de transmitir el contexto, también es común que el receptor tenga su propio contexto y no vea, detecte, ambigüedad u oscuridad alguna. Sólo más adelante, cuando el modelo del receptor choque con algo expresado en el texto, podrá darse cuenta de su mala interpretación. Obligaremos al receptor, a hacer un esfuerzo adicional, para ponerse al tanto de lo que quisimos transmitir.

Otra más contra la ausencia de aclaraciones: habrá lectores que no pedirán aclaraciones, simplemente abandonarán por oscuro nuestro mensaje. Y la final: el autor puede no poder responder a las aclaraciones pedidas, pongamos como caso, al bueno y oscuro de Parménides, ya desaparecido.

Alguien podría argüir que al agregar definiciones detalladas, ejemplos y contra ejemplos, aclaraciones y demás, el texto resultaría pesado. Creo que un texto liviano mal entendido, es más pesado a la larga, que un texto entendible. Pero puedo sugerir algún paliativo a tal pesadez presunta: organizar el texto en párrafos, y partes, claramente identificadas como ejemplos, aclaraciones, de tal forma que el lector pueda saltearlas si le parece, a riesgo y cuenta suya. Dejamos en el lector la elección. En cambio, con la síntesis, no le dejamos más que el camino del abandono, del mal entendimiento, de la ambigüedad, y del interminable o incumplible pedido de aclaraciones.

Las aclaraciones y ejemplos, también, pueden ayudar a exponer las razones, causas, de las definiciones expuestas. Nada más árido que un texto de matemáticas que sólo exponga definiciones (y teoremas), sin discutir nunca cuál es la razón, las causas, la historia de la aparición de tal estructura o concepto. Tengo en mi biblioteca, textos de matemáticas, que apelan a la síntesis, o a la definición en solitario, sin ejemplos, aclaraciones y discusiones. Son los libros que menos consulto, o consulto solamente luego de haber entendido el tema, en otros libros anteriores.

Otro atentado contra la claridad, es lo que denomino "el salto". El autor va exponiendo su idea, su concepto, su mensaje, va describiendo su argumento, y de pronto, voilá! Salta a una conclusión, sin detenerse a exponer los pasos intermedios que le llevaron a ella. Se saltea una década de su vida, colocando la conclusión, como si fuera evidente por sí misma. Claro, es evidente en su contexto, luego de su propia experiencia. Muy probablemente, no sucede lo mismo en su contraparte, el lector.

Cada tanto, explorando el conocimiento humano, me encuentro por ahí a alguna escuela similar al zen: el mensaje no puede ser transmitido, no puede ser explicado, es una experiencia, una vivencia que debe ser vivida. Admito que puede haber algo de cierto de esto en un discurso. Por ejemplo, en filosofía, es necesario practicar, filosofar, no tomar todo solamente de los textos. Sólo cuando uno mismo filosofa, llega a entender algunos temas. Pero esto, la necesidad de la práctica, no impide describir el problema, plantear el caso, definir lo ambigüo, escribir sobre los caminos ya tomados, explayarse sobre la experiencia pasada. La única rama del conocimiento que he encontrado limitada a no poder transmitir el mensaje, es el propio zen. No me llego a imaginar a una rama del conocimiento (hablamos de conocimiento, no sentimiento, impresiones, praxis, arte....), que no pueda ser explicada de alguna manera, aunque luego se apele en algún momento a la recomendación de la experiencia. El bueno de Richard Feynman afirmaba "si no podemos explicarlo, es que no lo entendemos" (la frase original debe ser otra, pero el sentido se mantiene, creo). La sabiduría oscura, no es sabiduría.

Ya expondré en otros artículos, casos de oscuridad manifiesta en un texto. Por ahora, me conformo con haber escrito éste, espero que no haya resultado demasiado oscuro.

Nos leemos!

Angel "Java" Lopez
http://www.ajlopez.com/

Por ajlopez, en: Filosofía