Angel "Java" Lopez en Blog

Publicado el 28 de Junio, 2007, 13:50


Thomas H. Huxley escribió en su obra Hume, dedicada al comentario del  filósofo escocés, lo siguiente acerca de los milagros:

Ningún acontecimiento concebible, por extraordinario que sea, es imposible; y por lo tanto, si por milagros entendemos sólo 'acontecimientos sumamente maravillosos', puede que no haya una razón justificada para negar la posibilidad de que ocurran.

Esta cita la encontré en el excelente libro de Martin Gardner "Los porqués de un escriba filósofo", en epígrafe del capítulo 3 titulado "La ciencia: por qué no soy paranormalista". Es un libro donde Gardner se explaya sobre sus posturas, comentando las razones sobre su posición ante la realidad, la ciencia, la religión, la vida, la libertad, la historia, el bien y el mal, y otros temas. Es muy interesante cómo escribe, porque discute y explica otras posturas, lo que me permite tener un panorama bastante amplio de parte de la historia de la filosofía de esas cuestiones.

Volviendo a los milagros, Gardner suscribe el texto de Huxley de arriba, y recuerda que Hume escribió sobre los milagros en su sección X de "Enquiry Concerning Human Understanding", a la que considera "debería ser una lectura imprescindible para cualquiera que esté interesado en evaluar las maravillas de la investigación psíquica. Hume escribe principalmente acerca de los milagros bíblicos, pero si los reemplazáis por los milagros psíquicos recientes, el ensayo de Hume parece, en su totalidad, como si hubiera sido escrito ayer". Hume escribió al respecto: "La bellaquería y la locura humana son fenómenos tan comunes que yo me inclinaría a creer que la mayoría de acontecimientos extraordinarios son fruto de su concurrencia, que a admitir que ponen de manifiesto una violación de las leyes de la naturaleza". Notable declaración, para alguien como Hume que prácticamente niega la causa y el efecto, y socaba entonces las leyes de la naturaleza, aunque algunos puedan interpretar que su crítica se dirije a las operaciones y capacidades de la mente, más que a la naturaleza propiamente dicha.

Me interesa acá reproducir un comentario de Huxley, sobre el tema tratado por Hume, que creo que es la raíz de la postura de Gardner, que por años reclamó "que las afirmaciones científicas extraordinarias precisan de una evidencia también extraordinaria". Sigamos leyendo a Huxley:

Pero cuando pasamos de la cuestión de la posibilidad de los milagros en abstracto, cualquiera sea su definición, a la de las razones que justifican que creamos un milagro en particular, los argumentos de Hume tienen un valor muy distinto, pues se resuelven en una simple afirmación de los dictados del sentido común - que se puede expresar con este canon: cuanto más en conflicto esté la afirmación de un hecho con nuestra experiencia previa, más completa habrá de ser la evidencia que nos dé pie a creerlo. Todo el mundo se basa en este principio para manejar los asuntos de la vida cotidiana. Si un hombre me dice que vio un caballo de varios colores en Picadilly, le creo sin dudarlo un instante. El hecho en sí es bastante probable, y no hay una razón imaginable para pensar que ese hombre esté tratando de engañarme. Pero si la misma persona me dice que vio una cebra allí, podría dudar unpoco antes de acpetar su testimonio, a menos que estuviera muy convencido, tanto de su conocimiento previo de cómo son las cebras, como de su capacidad y condiciones de observación en ese caso. Si, no obstante, mi informante me asegurara que contempló un centauro que bajaba trotando por aquella famosa vía pública, me negaría a aceptar bajo ningún concepto esta afirmación, aunque se tratara del más santo de los hombres y estuviera dispuesto a sufrir martirio en apoyo a su conocimiento En tal caso, naturalmente, no podría caberme ninguna duda de la buena fe del testigo; sería sólo su competencia, que desgraciadamente tiene muy poco que ver con su buena fe o con la fuerza de su convicción, lo que yo tendría que poner en tela de juicio.

En efecto, apenas sé qué clase de testimonio sobre un centauro vivo bastaría para dejarme satisfecho. Para poner un ejemplo extermo, suponed que el difunto Johannes Müller, de Berlín, el mayor anatomista y fisiólogo de mi época, hubiera apenas insinuado que había visto un centauro vivo; ciertamente que me habría asombrado el peso de esa afirmación, viniendo de tan gran autoridad. Pero no hubiera probablemente ido más allá de una suspención de juicio. Pues, por regla general, habría sido más probable que, incluso él, hubiera caído en un error de interpretación de los hechos observados, que el hecho de que un animal como un centauro existiera de verdad. Y nada aparte de una monografía cuidadosa, de un investigador sumamente competente, acompañada de figuras y medidas de todas las partes más importantes de un centauro, desarrollada en unas circunstacias tales que no permitieran dudar de que cualquier falsificación o mala interpretación sería rápidamente desenmascarada, podría permitir a un hombre de ciencia tener la sensación de actuar conscientemente al expresar su creencia en la existencia de un centauro por la evidencia de un testimonio. Esta vacilación a la hora de admitir la existencia de un animal como el centauro no es merecedora de censura, por su escepticismo, sino de elogio moderado, como una forma simple de buena fe científica. No implica necesariamente, por lo menos por lo que a mí respecta, ninguna hipótesis a priori de que un centauro es un animal imposible; o de que su existencia, si existiera, violaría las leyes de la naturaleza. Indudablemente, la organización de un centauro plantea una serie de dificultades prácticas para un anatomista y fisiólogo; y un buen número de esas generalizaciones de nuestra experiencia actual, que nos gusta llamar leyes de la naturaleza, se tambalearían con la aparición de un animal de ésos, de modo que tendríamos que fabricar nuevas leyes para cubrir nuestra experiencia ampliada. Cualquier sabio admitirá que las posibilidades de la naturaleza son infinitas, y que dan cabida a los centauros; pero sentirá no obstante que su deber, por el momento, es mantenerse firme en el aforismo de Lucrecio: 'Nam certe ex vivo Centauri non fit imago' [Pues ciertamente no es del Centauro vivo que puede hacerse una imagen], y dejar que toda la carga de la demostración, de que los centauros existen, recaiga sobre los hombros de quien le pide que crea esa afirmación.

En base a este texto, Gardner se despacha:

No hay mucha diferencia, por lo que respecta al grado de credibilidad, entre un centauro y la gente chiquita con alas de gasa que dos muchachas, según creía Conan Doyle, habían fotografiado en una cañada de Inglaterra. El efecto de doblar los metales de Uri Geller, los movimientos de objetos por Nina Kulagina en Rusia y Felicia Parise en Estados Unidos, las pretensiones de Harold Puthoff y Russel Targ de que hay una manera fácil de emplear la precognición para ganar en la ruleta, la "psicografía" de Ted Serios, los informes de encuentros con OVNI en la tercera fase, y miles de otras maravillas, que no sólo han estimulado a los escritores mercenarios sino también a muchos parapsicólogos distinguidos, todas estas pretensiones están mucho más próximas a los relatos antiguos de centauros...

Amen, Mr. Gardner. A grandes afirmaciones, grandes pruebas.

Por ajlopez, en: Filosofía