Angel "Java" Lopez en Blog

Publicado el 21 de Julio, 2007, 12:03

Ya en algún otro "post" (Estoy con la nena) adelanté alguna características de los choferes de taxi, de aquí mi ciudad de Buenos Aires, Argentina. Quisiera hoy pasar a describir algunos tipos, poner un inicio de tipología, que pretender servir de guía, de ayuda, a quienes quieran entender a los taxistas de estos lares. Claro, no es una partición: cada individuo puede pertenecer a más de un tipo, y queda a cargo y riesgo del lector ensayar la clasificación para un taxista en particular. Aclaro que este esbozo de tipología se apoya en dos décadas de interacción con este tipo humano. Pero basta de cháchara, pasemos a los tipos.

El meteorólogo: Clásico tipo de taxista. Mientras nosotros nos apoltronamos en el asiento trasero, dispuestos a descansar luego de una larga jornada, preparados para entregarnos a la meditación o al sueño, el chofer de nuestro vehículo de alquiler, en medio del viaje, en medio de su vida y la nuestra, exclama, cual importante máxima, como si le fuera la vida en la transmisión de este conocimiento, exclama digo: "Parece que va a llover ¿no?". Por supuesto, en el exterior, hay varios indicios de esta situación: nubes negras, algo de viento, ya caen algunas gotas en el parabrisas, y hasta en el horizonte se ve caer la lluvia en las afueras de la ciudad. No importa. Nuestro compañero de viajes se ve impelido, casi compulsivamente, a proclamar (con cierta pregunta final, que alberga alguna duda sobre el futuro, como en toda existencia) "Parece que va a llover ¿no?". La variante es aquel taxista que en el medio de la tarde de verano, con décadas de grados centígrados de sensación térmica, cuando uno es ya un sopa de sudor sobre un miserable cuerpo, exclama "Hace calor ¿no?". No, Cacho, si tengo frío y todo.

El indeciso explicativo: Este ejemplar se caracteriza por lo siguiente. Habiendo dos caminos para llegar a destino, nos pregunta: "¿Por dónde quiere ir, por Avenida Santa Fe, o por Paraguay?". Intentamos como respuesta un "como usted prefiera", o quizás, un "como sea más rápido". Error monumental. Luego de eso, vendrá una explicación que bien podría grabarse y transcribirse, para iluminación del resto de la humanidad, donde el chofer nos recita, cual escolástico discutiendo una postura teológica, cual porteño Benjamin Franklin, los pro y los contra de cada alternativa. Uno se comienza a preguntar, si no se encuentra ante un caso extremo de asno de Buridan, que no puede decidirse entre un montón u otro de paja, y muere de inanición. Nuestro chofer prosigue, y finalmente elige cualquiera alternativa sin mayor fundamento. Variante de este tipo: si contestamos, con voz firme "Vamos por Santa Fe", bueno, caemos en desgracia. De ahí en más, vendrá toda una explicación, basada en experiencia anecdótica y alejada de cualquier pensamiento crítico, de por qué nos conviene NO SEGUIR por Santa Fe, y tomar la calle Paraguay. Mientras, nosotros perdemos toda fe en la conducta humana, y nos vamos preguntando en nuestra mente "para qué pregunta, si después va a seguir por donde quiera éste....".

El recién empiezo: Uno al subir y enunciar el destino, ya encuentra la respuesta: "perdón, recién empiezo a trabajar hoy, no conozco las calles ¿me podria guiar?". Y de ahora en más, en vez de descansar y meditar mirando por la ventana, o entregándose a Morfeo, uno tiene que oficiar de guía turístico y automovilístico, tratando de recordar calles, manos y contramanos.

El comentador del tránsito: Nuevamente, cuanto más necesitamos descansar, y entregarnos al libre pensamiento o sueño, para reponernos de largas horas de duro trabajo, nuestro chofer comienza, sin que nadie se lo haya pedido, sin que medie ningún pedido de nuestra parte, a describir, y comentar con crítica, el estado del tránsito "Estos colectivos son todos iguales..... El de la moto se me cruzó, ¿lo viste?... Qué bueno que esta ese auto, ¿es importado, no?.... " y variantes por el estilo. Uno intenta cerrar los ojos, arrebujarse en el asiento, esconderse ante tanta catarata de aserciones y preguntas, pero inútil es nuestro esfuerzo: nuestro chofer se ha embarcado en un monólogo digno de vodevil americano, que sólo terminará en cuanto lleguemos a destino.

El comentador de mujeres: Variante del anterior, aunque más revulsivo. Aparentemente, nuestro chofer es un marinero de barco ballenero ruso, que acaba de terminar un viaje de seis meses por el Atlántico, y está en celo, alzado como bebé en bautismo. Entonces, ante cualquier mujer que pasa, exclama "Qué fuerte la veterana..... mirá la pendeja esa, qué lomo que tiene.... ay, mamita, si yo te agarro... " y demás. Inútil resistirse. Seguirá así hasta el final del viaje.

El olvidadizo: uno de los tipos más difundidos. Arriesgaría que uno de cada tres taxistas pertenecen a este tipo. Por favor, hagan la prueba, anoten sus resultados, escriban un "paper" con sus conclusiones. Este tipo de chofer se ve aquejado de lo siguiente. Al subir, con la mayor claridad y sencillez posible, indicamos "a Av. Belgrano y Perú". Simple, efectivo, corto. No damos números a recordar, ni recorridos raros. Simplemente la coordenada destino. Eso siempre le ha bastado al capitán Kirk, en el puente del Entreprise. Pues bien, al principio todo sobre ruedas, como podría esperarse de un viaje en taxi. Pero en el medio de la nada, nuestro chofer, seguramente abrumado por la cantidad de información que le dimos, sobrepasado por tan complejo pedido, nos pregunta "¿dónde vamos? ¿Perú y qué?".

El pichón de Schumacher. Le pedimos tomar por una avenida (en Buenos Aires, podría ser Libertador), y en el medio del tráfico, se convierte en corredor de fórmula 1. Se posesiona. Vemos como va pasando auto tras auto, como si cada uno fuera un desafío, cambiando de carril, yendo a velocidades relativísticas, simplemente por deporte, nadie le pidió llegar rápido. Uno deja de mirar por la ventanilla, y cerrando los ojos, se entrega al destino.

El peleado con la bañera. Al subir, ya intuimos que caímos en la trampa. El taxista está rompiendo el record para el libro de Guinness, de mayor cantidad de días sin tocar el agua. El síntoma característico: un típico olor inunda el interior del taxi, un olor a humano que debe estar alertando a los leopardos del zoológico de mi ciudad. Seguramente, por necesidad, hace como tres días que duerme dentro del vehículo. Pero ya es tarde. Estamos dentro, y debemos resignarnos.

Bueno, por hoy, basta de levantar el puño. Que sirva este "post" como catarsis, como desahogo de tantos viajes, aunque seamos ingratos, y no recordemos a los taxistas que saben manejar, que saben llegar a destino, que saben, en fin, cómo hacer de un viaje una experiencia agradable.

Nos leemos!

Angel "Java" Lopez
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Por ajlopez, en: General