Angel "Java" Lopez en Blog

Publicado el 18 de Febrero, 2008, 10:59

En el excelente y muy recomendable libro de Martin Gardner, "Los porqués de un escriba filósofo" (Tusquets Editores, "The Whys of a Philosophical Scrivener", encuentro un primer capítulo, donde Gardner explica su postura ante el realismo, titulado "El mundo: por qué no soy solipsista".

Escribe Gardner:

El solipsismo es la creencia insensata de que sólo existe uno mismo. Todas las otras partes del universo, incluida la otra gente, son ficciones insubstanciales de la mente de la persona individual, que es lo único verdaderamente real.

Yo encuentro esta postura, muy cercana a la que sostiene la gente cuando dice "la realidad es como yo la veo". El "yo" aparece como constructor, parte indispensable, de la realidad.

Es casi lo mismo que pensar que uno es Dios, y que yo sepa, nunca ha habido un auténtico solipsista que no acabara en una institución mental o que en el pasado no fuera considerado loco.

Guardo la esperanza que alguna vez se considere loco a cualquiera que enuncie eso de "la realidad es como yo la veo"... :-).

Prosigue Gardner:

¿Por qué, pues, perder el tiempo comenzando mi confesión con un capítulo que trata de por qué no soy solipsista?

Y acá se despacha con un interesantísimo capítulo, donde llega a tratar el tema del realismo. Avancemos hoy en algunos párrafos.

Una de las razones es que muchos filósofos han sostenido que no hay ninguna manera racional de refutar el solipsismo; que la creencia en que tanto la otra gente como un mundo exterior existen ha de estar basada en una especie de "fe animal", o que quizás no es más que un postulado que uno ha de hacer para no volverse loco, o porque es conveniente.

Y acá viene un punto importante, por lo menos para mí, donde Gardner destaca la aparición de nuevas posturas cercanas al solipsismo:

En los últimos años se ha reavivadoo el interés por unas ideas que, si bien distan de ser solipsistas, están fuertemente teñidas de argumentos solipsistas. Curiosamente, dichas opiniones son expresadas a veces por físicos eminentes interesados en las implicaciones filosóficas de la mecánica cuántica. En este capítulo trataré de desenmarañar algunos de los enredos lingüísticos de este antiguo debate y adoptaré una actitud clara que es esencial para todas las convicciones que expondré en el resto del libro.

Todo pensador debe enfrentarse alguna vez al tema del realismo. Gardner lo enfrente directamente desde el principio.

A Bertrand Russell le gustaba recordar una carta que había recibido de una respetable lógica, Mrs. Christine Ladd-Franklin, en la que ella manifestaba ser solipsista. Dicha doctrina le parecía tan irrefutable, añadía, que no podía comprender por qué no lo eran también otros filósofos. En un sentido trivial, el solipsismo es, en efecto, irrefutable. Todos somos prisioneros de lo que se ha dado en llamar nuestro "predicamento egocéntrico". Todo lo que sabemos del mundo se basa en información que recibimos por nuestros sentidos. Este mundo de nuestra experiencia -la totalidad de lo que vemos, oímos, gustamos, sentimos y olemos- es lo que se llama a veces nuestro "mundo fenoménico". Evidentemente, no hay ninguna posibilidad de percibir nada más que aquello que puede ser percibido, ni de experimentar cualquier cosa aparte de aquello que puede ser experimentado. Charles S. Peirce inventó un término útil para este mundo fenoménico. Lo llamó el "fanerón".

Este es un término que no conocía, y es importante. Las posiciones filosóficas se dividen entre quienes hay fenómenos pero nada más, o quienes afirman que los fenómenos corresponden a "cosas en sí", númenos que están "por abajo", o quienes dicen que no importa la diferencia (notable posición).

¿En qué podemos basarnos para creer que existe algo afuera de nuestro fanerón particular? Admitamos que una vez que no hay forma de demostrar a un solipsista (en el caso improbable de que alguna vez nos encontremos con uno) que existen cosas fuera de su fanerón, entendiendo por "demostrar" lo mismo que se entiende cuando se demuestra un teorema en lógica o en matemáticas. La situación es peor aún. Como han señalado a menudo los filósofos, no hay modo de que un solipsista pueda demostrar, ni tan siquiera a sí mismo, que él existía antes de ayer. Quizás él y todo su mundo fenoménico, incluida la totalidad de su memoria, entraron en la realidad el martes pasado. Ni tampoco puede demostrar que él y su fanerón existirán después del jueves próximo. Así pues, uno ha de conformarse finalmente con lo que se ha dado en llamar "solipsismo del momento". Uno sólo puede estar seguro de que "existe ahora", el punto de partida de la filosofía de Descartes.

Pero, ¡un momento! Ni tan siquiera esto es seguro. Quizá, queridos lectores, no sois más que una ficción en el sueño de algún dios, igual que Sherlock Holmes fue una ficción en la mente de Sir Arthur Conan Doyle. Hay hindúes que creen que el universo entero, nosotros incluidos, es un sueño de Brahma, y dejará de ser real inmediatamente después que éste desperte. Alicia, detrás del espejo, pensaba que era ella la que estaba soñando con el Rey Rojo. Pero el Rey Rojo se pasa todo el cuento durmiendo, y alguien le cuenta a Alicia que ella no es más que una "especie de algo" en el sueño del Rey Rojo. Una vez, en una de las clases de filosofía de Morris Cohen, un estudiante levantó la mano para preguntar: ¿Cómo sé que existo? A lo que el profesor Cohen replicó: ¿Quién ha preguntado?

Como todo nuestro conocimiento del mundo y de la otra gente se deriva de la información que se filtra en nuestra conciencia a través de los sentidos, no hay ninguna manera acorazada de refutar el solipsismo. Con "acorazada" quiero decir una manera estrictamente lógica. No hay ninguna manera absoluta de refutar nada que no pertenezca a la lógica pura o a la matemática, y aun ahí la refutación siempre se hace de acuerdo a un sistema formal de axiomas y reglas aceptados por convenio. Aceptad los axiomas y reglas de la geometría euclídea y podréis refutar la afirmación de que la suma de los ángulos interiores de un triángulo es mayor que 180 grados. Pero esto no difiere en mucho de refutar la afirmación de que hay siete huevos en media docena. Sin embargo, a pesar de esa irrefutabilidad en sentido estrico, ningún filósofo sensato ha sido solipsista. ¿Por qué?

Esa es una gran prengunta, que plantea Gardner. En el resto del capítulo, y de gran parte del libro, explica las razones para el rechazo del solipsismo, en gran parte acudiendo a la historia. Otros pensadores ya le dedicaron tiempo al problema, y Gardner va planteando sus posturas. Espero poder seguir "blogueando" sobre el tema.

Interesante que mantenga que aún la lógica es convención. Desde la aparición de las geometrías euclidianas, hay una tendencia a ver también a la lógica como una convención, que bien puede que corresponda o no a lo que sucede en la realidad, de la misma forma que bien puede ser euclidian o no la geometría a aplicar en los temas físicos.

Nos leemos!

Angel "Java" Lopez
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Por ajlopez, en: Filosofía