Angel "Java" Lopez en Blog

Publicado el 19 de Enero, 2009, 2:14

He descubierto en este siglo, a H.L. Mencken, que con su estilo siempre me ha recordado a Mark Twain. Mencken es algo duro en algunos puntos, pero es siempre interesante de leer, y hasta se disfruta su estilo, además de sus ideas iconoclastas. Quisiera compartir con Uds. un texto, que se alinea con lo que vengo escribiendo sobre el rechazo de toda postura antropocéntrica. Es de un texto de 1919, que Mencken republicó en una obra de revisión, A Mencken Crestomathy:

Como he dicho, la biología moderna ridiculiza la teoría antroprocéntrica del mundo, pero esto no equivale a postular, naturalmente, que alguna vez la mayoría de los hombres renunciarán a ella. Por el contrario, cuanto más dudosa resulte, tanto mayor será la veneración que habrán de tributarle. Ciertamente, hoy la veneran como no la veneraban en los Tiempos de la Fe, cuando la doctrina de que la mujer era ruin compensaba por lo menos la idea de que el hombre estaba hecho a semejanza de Dios. ¿Qué otra cosa se oculta detrás de la caridad, la filantropía, el pacifismo, el adoctrinamiento moral y los restantes sentimentalismos en boga? Todos y cada uno de estos sentimentalismos se fundan sobre la teoría de que el hombre es un animal glorioso e inefable, y de que tenemos el deber de facilitar y asegurar su presencia ininterrumpida en el mundo. Pero es obvio que esta idea está saturada de engreimiento. Por lo que a los animales concierne, incluso en un espacio tan reducido como el de nuestro mundo el hombre es un producto chapucero y ridículo. Pocas otras bestias son tan estúpidas y cobardes como él. El gozquejo más ordinario está dotado de sentidos muchos más agudos y es infinitamente más valeroso, sin olvidar que es más honesto y confiable. Desde muchos puntos de vista las hormigas y las abajeas son muchísimos más inteligentes e ingeniosas: organizan su gobierno con menos querellas, despilfarros e imbecilidades. El león es más bello, más solemne, más majestuoso. El antílope es más veloz y más grácil. El gato doméstico común es más aseado. El caballo, sudado al cabo de la faena, tiene mejor olor. El gorila es más bondadoso con sus crías y más fiel a su esposa. El buey y el asno son más laboriosos y pacíficos. Pero al hombre le falta lo que quizás es la más noble de las cualidades: el coraje. No solo se siente mortalmente asustado frente a todos los otros animales de su mismo peso, o de la mitad de su peso, con excepción de unos pocos que ha envilecido mediante el apareamiento consanguíneo, sino que también les tiene un miedo espantoso a los de su propia especie, miedo que no se circunscribe a la acción de sus puños y pezuñas, sino incluso a la de sus risas.

No hay otro animal que esté peor adaptado a su entorno. Cuando llega al mundo, la cría del hombre es tan frágil que si la descuidaran durante dos días seguidos moriría irremisiblemente,y esta debilidad congénita perdura hasta el fin de su existencia, aunque luego esté más o menos encubierta. El hombre pasa mucho más tiempo enfermo que cualquier otro animal, tanto en su estado salvaje como en medio de la civilización. Está sujeto a más dolencias distintas y las padece más a menudo. Se agota y lesiona más fácilmente. Su muerte es más horrible y casi siempre prematura. Casi todos los otros vertebrados superiores viven más tiempo y conservan sus facultades hasta una edad más avanzada, por lo menos en estado salvaje. En este contexto incluso los monos antropoides les llevan mucha ventaja a sus primos humanos. El orangután se aparea a los siete u ocho años, cría una familia de setenta u ochenta hijos, y a los ochenta años está tan sano y rozagante como un europeo a los cuarenta y cinco.

Hay partes de esta inventiva, que me recuerdan a un relato del bueno de Stanislav Lem: el hombre es juzgado, ante otras culturas inteligentes de la galaxia, y es encontrado un ser desagradable, totalmente descartable, que no merece la mínima misericordia, ni posee una cualidad importante.

Todos los errores e incompetencias del Creador llegan a su apogeo en el hombre. Como pieza de mecanismo, no se encuentra otra peor. Si se lo confronta con el salmón o el estafilococo, incluso ellos producen la impresión de ser maquinarias seguras y eficientes. Tiene los peores riñones que se conocen en la zoología comparativa, y los peores pulmones, y el peor corazón. Su ojo es menos idóneo que el de la lombriz, si se piensa en el trabajo que debe ejecutar: si un fabricante de instrumentos ópticos produjera un aparto tan imperfecto, sus clientes lo linchanrían. El hombre es el único de los animales terrestres, aéreos o marinos, que es inepto por naturaleza para adentrarse en el mundo que habita. Debe vestirse, protegerse, fajarse, acorazarse. Su situación es eternamente idéntica a la de una tortuga nacida sin caparazón, un perro sin pelo, un pez sin escamas. Si le faltaran sus pesados y molestos arreos estaría indefenso incluso ante las moscas. Tal como Dios lo hizo ni siquiera tiene una cola para espantarlas.

Ahora llego al único rasgo de incuestionable superioridad natural que caracteriza al hombre: tiene alma. Esto es lo que lo distingue de todos los otros animales y lo que lo convierte, en cierto sentido, en su amo. Hace miles de años que se discute la exacta naturaleza de dicha alma, pero podemos referirnos con algún fundamento a su función. Esta consiste en poner al hombre en contacto directo con Dios, en sensibilizarlo a la presencia de Dios y, sobre todo, en impartirle semejanza con Dios. Pues bien, piénsese en el colosal fracaso de este artefacto. Si aceptamos la hipótesis de que el hombre se parece realmente a Dios, debemos admitir por fuerza la teoría imposible de que Dios es un cobarde, un idiota y un engreído. Y si aceptamos que después de tantos años elhombre no se parece a Dios, lo primero que salta a la vista es que el alma humana es un mecanismo tan ineficiente como el hígado o la amígdala, y que probablemente el hombre lo pasaría mucho mejor, como es indudable que el chimpancé lo pasa mejor, sin ella.

A lo que Mencken llama alma, yo lo llamaría mente y conciencia. Es eso lo que nos distingue más de muchos animales. La capacidad de reflexionar, de tener introspección, de armar modelos que nos permiten prever el futuro. Cuando nos aparece la muerte de un congénere, adivinamos la propia.

Así es, en verdad. La presencia del alma humana suministra un solo resultado práctico, a saber: nutre al hombre con vanidades antropomórficas y antropocéntricas... en síntesis, con supersticiones presuntuosas y descabelladas. Se jacta y se pavonea porque es dueño de esta alma, y olvida el hecho de que no le sirve para nada. Por lo tanto, es el supremo payaso de la creación, la reductio ad absurdum de la naturaleza animada. Se comporta como lo haría una vaca si esta se convenciera de que podría saltar sobre la Luna y ordenara toda su vida en función de esta teoría. O como lo haría un escuerzo que alardeara eternamente de poder batirse con leones, o de poder volar sobre el Himalaya, o de poder atravesar a nado el Helesponto. Y sin embargo esta es la pobre bestia que nos invitan a venerar como si fuera una joya incrustada en la frente del cosmos. Este es el gusano que nos invitan a defender como si fuera el favorito de Dios sobre la Tierra, con sus millones de cuadrúpedos más valeroso, más nobles, más honestos: sus leones soberbios, sus leopardos ágiles y vistosos, sus elefantes imperiales, sus perros fieles, sus ratas intrépidas. Este es el bicho que nos exhortan a reproducir, con infinitas dificultades, penurias y gastos.

Mencken exagera en el tema de los animales. Les atribuye cualidades que sólo se pueden aplicar a un ser humano con conciencia.

Pero igual, da para pensar.

Nos leemos!

Angel "Java" Lopez
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Por ajlopez, en: Filosofía