Angel "Java" Lopez en Blog

Publicado el 1 de Marzo, 2009, 9:28

Comentaba antes sobre Spinoza en Amsterdam, según Antonio Damasio en su libro "En busca de Spinoza" La época de Spinoza.

Quisiera comentar hoy un hecho que describe Damasio, y que yo desconocía. Durante la mayor parte de la vida de Spinoza, Holanda fue una república. Esa circunstancia y otras, como el auge comercial, dieron origen a un ámbito de libertad de pensamiento, que en otros lugares estaba más ausentes. Descartes se había mudado a Holanda, porque pensaba que era más seguro para su desarrollo filosofíco, que estar en Francia. Algo de influencia había ejercido sobre su decisión el caso Galileo.

En tiempos de Spinoza, el gran pensionario Jan de Witt dominaba la vida política. Era ambicioso, autocrático, aunque ilustrado. Parece que conocía a Spinoza, a quien de alguna forma defendió al aparecer en forma anónima su obra Tractatus.   De Witt poseía un ejemplar del libro, desde 1670. Se dice que le pedía opinión a Spinoza sobre asuntos políticos y filosóficos, pero no está confirmado. Si fue así, a Spinoza le agrabada la estima que De Witt le demostraba. Solo, repudiado por su comunidad, imagino que Spinoza encontraba en De Witt un soporte, un punto donde apoyarse, en su solitaria vida. Se debería sentir protegido.

En aquen entonces, Spinoza vivía alojado como pensionado en la casa de una familia, los Van der Spijk. Damasio cuenta los hechos de la caída de los De Witt, mientras él mismo visita la casa habitada por Spinoza, que áun se conserva:

La sensación de relativa seguridad de Spinoza terminó abruptamente en 1672, durante una de las horas más oscuras de la Edad de Oro de Holanda. En un súbito cambio de la situación, del tipo que define esta era veleidosa desde el punto de vista político, De Witt y su hermano fueron asesinados por el populacho, bajo la falsa sospecha de que eran traidores a la causa holandesa en la guerra que en aquel momento se libraba con Francia. Los asaltantes golpearon y acuchillaron a los dos De Witt y los arrastraron hasta la horca, pero cuando llegaron ya no era necesario ahorcarlos. Lo que hicieron fue desnudarlos, colgarlos cabeza abajo, como en las carnicerías, y descuartizarlos. Los fragmentos fueron vendidos como recuerdo, comidos crudos o cocidos, en medio del alborozo más repugnante. Todo esto tuvo lugar no lejos de donde ahora me encuentro, literalmente al volver de la casa de éste, y probablemente fue asimismo su hora más tenebrosa. Los ataques sorprendieron a muchos pensadores y políticos de la época. Leibniz quedó horrorizado, y lo mismo le ocurrió al flemático Huyguens, en la seguridad de París. Pero Spinoza se sentía perdido. La salvajada revelaba la naturaleza humana en su aspecto peor y más vergonzoso, e hizo que abandonara la ecuanimidad que tanto esfuerzo le había costado mantener. Preparó un pasquín que rezaba "Ultimi barbarorum" ("Los últimos bárbaros") y lo quiso colocar junto a los restos. Por fortuna se impuso la cordura responsable de Van der Spijk. Simpemente cerró la puerta y guardó la llave, con lo que Spinoza se vio imposibilitado de salir de la casa y de enfrentarse a una muerte segura. Spinoza lloró públicamente; se dice que fue la única ocasión en que otros lo vieron acongojado por la emoción incontrolada. El refugio intelectual seguro, tal como había sido, se había terminado.

Nos leemos!

Angel "Java" Lopez
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Por ajlopez, en: Filosofía