Angel "Java" Lopez en Blog

Publicado el 20 de Noviembre, 2010, 18:01

Siguiendo con mi serie sobre ciencia y religión, quiero comentar sobre los orígenes de cualquier conflicto entre esos dos "magisterios" como diría Stephen Jay Gould. Yo lo ubico en la Edad Moderna. Curiosamente, en la filosofía griega antigua, si hay un condenado es Sócrates, no por su filosofía de la naturaleza, sino por su filosofía moral, que al parecer "corrompía a los jóvenes" y estaba en contra de los dioses de entonces (tengo que revisar la acusación original). En cambio, si hay un condenado por el conflicto entre ciencia y religión, es Galileo. Pueden leer:

La sentencia de Galileo
Un rechazo a Galileo

Me encuentro hoy con una carta de Galileo, dirigida a Elia Diodati, donde describe su posición, claramente:

Florencia, 15 de enero de 1633.

Si yo pregunto de quién son obra el Sol, la Luna, la Tierra, los astros, sus movimientos y posiciones, es de suponer que se me contestará: son obra de Dios. Si yo pregunto luego quién es el autor de la Sagrada Escritura, sin duda se me contestará que es obra del Espíritu Santo, es decir, obra también de Dios. Si finalmente pregunto si el Espíritu Santo, para acomodarse al entendimiento de la masa generalmente ineducada, necesitaba emplear frases que evidentemente son contrarias a la verdad, estoy seguro de que, con el apoyo de la autoridad de todos los escritores sagrados, se me contestará que en efecto a ello estaba obligada la Sagrada Escritura, ya que en cienc pasajes contiene frases que, tomadas literalmente, están llenas de herejías y pecados, presentando a Dios como un ser henchido de odio, arbitrariedad y frivolidad. Pero si se me ocurre preguntar si Dios ha alterado alguna vez sus obras para acomodarse al entendimiento de la masa, o si no es más bien cierto que la Naturaleza, invariable e inasequible a los  deseos humanos, ha preservado siempre la misma clase de movimientos, formas y posiciones en el Universo, estoy seguro también de que se me contestará que la LUna ha sido siempre redonda, por más que durante mucho tiempo se la tuviera por plana. Para decirlo en una frase: nadie sostendrá que la Naturaleza se haya modificado para acomodar sus operaciones a la opinión de los hombres. Si ello es así, pregunto yo, ¿por qué, cuando deseamos conocer las diferentes partes del Universo, habríamos de investigar las palabras de Dios en vez de sus obras? ¿Son acaso los hechos menos nobles que los dichos? Si alguien promulga que es herejía decir que la Tierra se mueve, y si luego la demostración y la experiencia nos prueba que en efecto se mueve, !en qué dificultad se encontrará la Iglesia! En cambio, si en los casos en que las obras no se muestran de acuerdo con las palabras, se considera como secundaria a la Sagrada Escritra, poco daño habrá de causarse; bastantes veces se ha acomodado su texto a la opinión de la masa, atribuyendo a Dios propiedades enteramente falsas. Por ello, digo yo, ¿por qué nos empeñamos en que cuando habla del Sol y de la Tiera se exprese con tanto acierto?

Lamentablemente, Galileo vivió en un pais católico, en la época de la contrarreforma: ya no estaba para nada bien visto la interpretación de las Escrituras fuera de lo que decía la Iglesia (Lutero había criticado ese punto en particular). Tal vez haya tenido influencia en el desarrollo de la ciencia posterior, que los paises donde el protestantismo era mayoría fueran los que mejor aprovecharan el avance de la ciencia y de la técnica (pero no hay que olvidar que también se vieron beneficiados por su posición en la exploración de tierras remotas, no hay una única causa para explicar cómo paises como lo que hoy es España, Portugal e Italia, se fueron retrasando en el desarrollo científico; curiosamente, Italia reingresa en la historia de las matemáticas y de las ciencias, a fines del siglo XIX). No conocía esta carta, ni a Elia Diodati, un corresponsal nacido en Génova de una familia protestante, y entonces residiendo en Paris, donde el ambiente era más abierto que la Florencia de Galileo. Se sabe que Diodati ofreció a Galileo ayuda para publicar sus obras en aquel pais, en caso de verse retrasada su publicación en la tierra de Galileo.

La postura de Galileo prefigura la de la era moderna: la búsqueda de explicación del Universo, primero de la naturaleza física, sin apelar a un dios que esté entre bambalinas. Recuerdo el encuentro de Laplace a Napoleón, al presentarle su Mecánica Celeste. El emperador pregunta: "¿Dónde está Dios en esta obra?". Laplace contestó: "Sire, no tuve necesidad de esa hipótesis".

Encuentro esta carta citada en el libro de Werner Heisenberg: "La imagen de la Naturaleza en la física actual", Planeta-Agostini.

Nos leemos!

Angel "Java" Lopez
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Por ajlopez, en: Filosofía