Angel "Java" Lopez en Blog

20 de Julio, 2019


Publicado el 20 de Julio, 2019, 14:29

Esta es una anécdota conocida de Gödel, pero no había encontrado la Fuente original. La encontré finalmente en el libro "¿Es Dios un Matemático?" de Mario Livio. Leo:

Como persona, Gödel era tan complejo como sus teoremas. En 1940 huyó con su esposa Adele de la Austria nazi para ocupar un puesto en el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, New Jersey. Allí trabó una estrecha amistad con Albert Einstein, a quien solía acompañar en sus paseos. Cuando Gödel solicitó la nacionalización como ciudadano americano en 1948, fueron Einstein y el matemático y economista de la Universidad de Princeton Oskar Morgenstern (1902-1977) quienes le acompañaron a la oficina del Servicio de Inmigración y Naturalización (INS). Lo que acontenció en esta entrevista es de sobra conocido, pero revela hasta tal punto la personalidad de Gödel que relataré los hechos con todo detalle, exactamente como los registró Morgenstern el 13 de septiembre de 1971. Doy las gracias Ms. Dorothy Morgenstern-Thomas, la viuda de Morgenstern, y al Instituto de Estudios Avanzados por haberme facilitado una copia del documento.

Este es el relato de Oskar Morgenstern (conocido también por haber fundado matemáticamente a la teoría de juegos, junto con John von Neuman):

Corría el año 1946 cuando Gödel iba a convertirse en ciudadano americano. Me pidió que fuese su testigo; como segundo testigo propuso a Albert Einstein, que también aceptó de buen grado. Einstein y yo nos habíamos visto ocasionalmente, y ambos teníamos grandes expectativas sobre lo que podía ocurrir antes del proceso de naturalización e incluso durante dicho proceso.

Gödel, a quien veía con frecuencia en los meses previos al acontecimiento, empezó a prepararse de forma muy concienzuda. Gödel era  una persona meticulosa, así que empezó a estudiar la historia de la colonización de Norteamérica por el ser humano. Eso le condujo al estudio de la historia de los indios americanos, sus diversas tribus, etc. Me llamó numerosas veces por teléfono para que le aconsejase libros, que leía con suma atención. Gradualmente surgieron muchas preguntas y dudas sobre la corrección de estas historias y las peculiares circunstancias que en ellas se revelaban. A partir de ahí y durante las semanas posteriores, Gödel pasó a estudiar historia americana, haciendo particular hincapié en temas de derecho constitucional. Esto le condujo a su vez al estudio de Princeton, y en especial quiso que yo le explicase donde estaba la frontera entre el distrito y el municipio. Por supuesto, yo intenté hacerle comprender que esto era totalmente innecesario, pero fue en vano. El insistía en averiguar todos aquellos datos que quería saber, de modo que le proporcioné la información pertinente, incluso acerca de Princeton. Entonces quiso saber cómo se elegía el Consejo de Distrito, el Consejo Municipal, quien era el alcalde y cómo funcionaba el Consejo Municipal. Pensaba que era posible que le preguntasen acerca de esos asuntos y que, si demostraba que no conocía la ciudad en que vivía, causaría una mala impresión.

Intenté convencerlo de que esas preguntas nunca surgían; de que la mayor parte de las preguntas eran una simple formalidad y él las podría responder sin dificultad alguna; de que, como máximo, podrían preguntarle qué sistema de gobierno teníamos en este país, cómo se llamaba la más alta instancia judicial o cosas así. De todos modos, él siguió con su estudio de la Constitución.

Y entonces sucedió algo interesante. Con cierta excitación me dijo que, al examinar la Constitución y para su disgusto, había hallado contradicciones internas y que podía demostrar cómo, de forma perfectamente legal, era posible que alguien se convirtiese en dictador e instaurase un régimen facista que aquellos que redactaron la Constitución nunca pretendieron. Le dije que era muy improbable que algo así sucediese nunca, aún suponiendo que tuviese razón, cosa que yo, desde luego, dudaba. Pero él era una persona insistente, así que charlamos muchas veces de este asunto concreto. Yo intenté persuadirlo de que evitase referirse a estos temas ante el tribunal de Trenton, y también se lo comenté a Einstein que, horrorizado de que a Gödel se le hubiese ocurrido una idea así, también le señaló que no debía preocuparse por estas cuestiones ni referirse a ellas.

Pasaron varios meses y, finalmente, llegó la fecha del examen en Trenton. Aquel día pasé a recoger a Gödel en mi coche. Se sentó en el asiento posterior y luego pasamos a recoger a Einstein por su casa de Mercer Street, desde donde nos dirigimos a Trenton. Durante el viaje, Einstein se volvió levemente y preguntó: “Y bien, Gödel, ¿estás realmente bien preparado para el examen?” Por supuesto, ese comentario alertó profundamente a Gödel, que era lo que Einstein pretendía; su semblante de preocupación de Gödel le pareció muy gracioso. Cuando llegamos a Trenton nos hicieron entrar en una gran sala y, aunque en general se interroga a los testigos por separado del candidato, se hizo una excepción en deferencia a Einstein y nos invitaron a los tres a sentarnos juntos, con Gödel en el centro. El examinador preguntó primero a Einstein y luego a mí si opinábamos que Gödel sería un buen ciudadano. Le aseguramos que sin duda alguna era así, que se trataba de una persona distinguida, etc. Entonces se volvió hacia Gödel y dijo:

- Bien, mister Gödel, ¿de dónde viene Ud?
- ¿que de dónde vengo? De Austria.
- ¿Qué forma de  gobierno tenían en Austria?
- Era una república, pero debido a la constitución la forma cambió a una dictadura.
- ¡Vaya! Qué mala fortuna. Eso no podría en este país.
- Claro que sí. Y puedo demostrarlo.

Así que, de todas las posibles preguntas, el examinador tuvo que formular precisamente la más delicada. Einstein y yo nos mirábamos horrorizados durante esta conversación; el examinador fue lo bastante inteligente para tranquilizar enseguida a Gödel diciendo “Dios mío, no entremos en ese terreno” y para nuestro alivio, interrumpió el examen en ese mismo momento. Cuando por fin salimos y ya nos dirigimos hacia los ascensores, un hombre se acercó corriendo hacia nosotros con una hoja de papel y pidió un autógrafo a Einstein, que lo firmó con mucho gusto. Mientras bajábamos en el ascensor, le dije a Einstein “Debe de ser terrible que tantas personas le persigan a uno de ese modo”, Einstein respondió: “En realidad se trata simplemente de los últimos vestigios de canibalismo”. Desconcertado, le pregunté: “¿En qué sentido?”. El me dijo: “Verás, antes querían tu sangre, ahora quieren tu tinta”.

Luego regresamos a Princeton y, al llegar a la esquina de Mercer Street, le pregunté a Einstein si quería ir al Instituto o a casa, a lo que él contestó: “Llévame a casa, de todos modos mi trabajo ya no tiene valor alguno”. Y prosiguió con una cita de una canción política americana (por desgracia no recuerdo sus palabras; es posible que la tenga en mis notas, y sin duda la reconocería si alguien sugiriese esa frase en particular). Así que fuimos hacia la casa de Einstein de nuevo. Einstein se volvió de nuevo hacia Gödel y le dijo:
- Bueno, Gödel, éste ha sido tu penúltimo examen.
- Cielos, ¿es que aún queda otro? - dijo él de nuevo azorado.
Y Einstein le contestó:
- Gödel, el próximo examen cuando entres andando en tu tumba.
- Pero Einstein, yo no entraré andando en mi tumba.
A lo que Einstein repuso:
- ¡Ahí está la gracia precisamente, Gödel! - y se fue. Luego llevé a Gödel a su casa. Todo el mundo sintió un gran alivio al resolver de una vez por todas este peliagudo asunto; ahora, Gödel tenía de nuevo la cabeza libre para cavilar sobre problemas de filosofía y lógica.

No encontré referencia a cuál era el mecanismo que había encontrado Gödel para poder instaurar una dictadura en EE.UU.

Nos leemos!

Angel "Java" Lopez
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